miércoles, 25 de agosto de 2010

Llevense lo que quiero








No hay manera de seguir siendo uno mismo. Y aun así, es tan difícil aceptar el fin. Desprenderse.

Ayer me fui de Buenos Aires.

No había forma de encerrar 3 años en 25 kg de valija, entonces reuní a mis amigos y les dije llévense lo que quieran. Puse una playlist muy dance y fue claro que las despedidas no tienen por qué ser tristes. Debería pasar lo mismo con los funerales: entiérrenme y pongan d.a.n.c.e. de Justice, bailen hasta el atardecer tomando tinto y contando historias que compartimos. Ríanse. Pero antes es preciso aceptar el desapego, tener alrededor nuestro menos gravedad que nos ate a la tierra y más respeto por el fin.

Imagino que despedirse cada cinco meses desde hace años baje un poco la intensidad de los adioses. No puedo recordar la cantidad de veces que repetí el trayecto Buenos Aires-Ezeiza-Buenos Aires, y el Terminal A me es familiar como el kiosquero de la esquina y los cachafaz de maicena, algunas librerías de la calle Corrientes o el chino de abajo.

Creo que extrañaba mas cuando no me había ido todavía. No sé si voy a echarte de menos, pero quiero. Tal vez es por eso mismo que me voy. Es difícil querer de cerca. Pensaba en eso dejando Buenos Aires, pero me di más cuenta de lo que significaba cuando volví al lugar que llamé casa por mucho tiempo.

Ahora tomo mi café posta con medialunas truchas y mi valija semivacía es una señal de algo que me gusta y no domino todavía. Creo que la voy a dejar así, lista para el otro adiós que me espera este sábado, de vuelta en aeropuerto, rumbo a Barcelona.