Esta enfermedad de hablar mucho sin decir nada. Cada situación en la que te metés, cada charla, cada discusión, cada explicación conlleva la necesidad de usar miles y miles de palabras para dar forma a una ausencia - precisamente la ausencia de lo que se quiere poner en palabras, como si al decirlo se activara su presencia - y al final no decir nada sin llegar a la nada misma, a una forma pura de ausencia, sino quedándose en la repetición de un tentativo (el mismo y no a la vez) como un loop de acciones para intentar llenar-el-vacío, y sin embargo no hay vacío tout court, a lo mejor sólo hay miedo al vacío y - más acá - nosotros, asíncronos y desafinados, cumpliendo el esfuerzo constante para ser entendidos como queremos, pero luego hay infinitos registros y orejas y niveles y matices, además de líneas de aire a los lados de tu cabeza y un reloj atado a la muñeca.
La mejor solución es el silencio.
(O el chocolate amargo)